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A los cuatro años, Ludwig fue obligado por su padre al sentarse
al piano. Al fin y al cabo, antes que saber a gloria, la música
era un oficio que, con buena suerte y viento a favor, podía
saber a pan. Para algunas familias, como les había sucedido
a los Mozart, tener un niño prodigio era como un salvoconducto
para sortear la miseria. Así es, como a los ocho años,
Ludwig se presentó por primera vez en público como
pianista.
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A los nueve años, Bonn ya lo apreciaba como un consumado
organista. Tanto es así que Christian G. Neefe, músico
de la corte, se ofreció para convertirse en su maestro. Pronto
llegaría su primera composición: tres sonatas para
piano que, sabiamente aconsejado, no dudó en dedicar al elector.
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Helene von Breuning, viuda de un consejero de la corte, tras conocer
la tragedia de la muerte de la madre de Ludwig (que en ese entonces
tenía 17 años), lo cuidó como a uno más
de sus hijos. Beethoven, por aquel tiempo no sólo se ganaba
la vida como organista en la corte del elector, sino que también
había sido contratado para tocar la viola en el recientemente
fundado Teatro de la Ópera de Bonn, con esto se aseguraba
de que su padre y sus hermanos no dejaran de comer.
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Uno de los pianos de Beethoven.
De Conrad Graf: Grand Pianoforte.
Vienna, c. 1820
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Se
lo juzgaba de poco comunicativo y sociable. Sin embargo pocos como él
supieron expresar los sentimientos y las ideas de su tiempo. Este registro
profundo de un momento puntual del desarrollo de la humanidad fue lo
que confirió universalidad y permanencia a su producción
artística. Beethoven intuyó que la creación era
un constante y arriesgado diálogo entre el artista y su época.
Según una anécdota, el día
que llegó la noticia de que el pueblo de París había
tomado la Bastilla, los jóvenes Ludwig van Beethoven, Friedrich
Hölderlin y Georg Friedrich Hegel bailaron tomados de la mano alrededor
de un árbol recién plantado. De alguna manera, los tres
futuros genios de la música, la poesía y la filosofía
(respectivamente), intuyeron que, en la historia de la humanidad, había
sido sembrada una nueva semilla, y ésta comenzaba a florecer.
(Beethoven no era indiferente ante los acontecimientos de su época)
"Guardo
tu billetera entre otras señales de la estima que me han demostrado
otras personas, y que todavía no merezco.
Continúa, no ejercites tan sólo tu arte, sino penetra en
su intimidad; él lo merece, pues sólo el arte y la ciencia
elevan al hombre hasta la divinidad. Si alguna vez deseas alguna cosa,
mi querida Emilia, escríbeme con toda confianza. El verdadero artista
no tiene orgullo."
Tomado
de una carta que Ludwig le envío como respuesta a Emilia, una niña
que lo admiraba
Fondo
musical: Segundo movimiento de la Sonata para piano núm. 8 (op.
13), "Patética"
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Sara Neiret 2004
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