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La
juventud la tuvo ensombrecida por las preocupaciones materiales.
A los once años tocaba en una orquesta de teatro, a los trece
era organista.
En 1787 perdió a su madre y tuvo que
hacerse cargo de su familia y de la educación de sus dos
hermanos menores, dada la incapacidad por alcoholismo de su padre,
incapaz y pendenciero.
En noviembre de 1792 se va a vivir a Viena,
metropoli política y cultural del imperio de entonces.
Entre 1796 y 1800 la sordera comienza a hacer
estragos en su cuerpo y en su personalidad; los oidos le zumban
día y noche y está minado por dolores de abdomen y
de cabeza. Durante años no se lo cuenta a nadie y evita toda
compañia para que el defecto no sea notado. A estas torturas
físicas se unen transtornos de otra indole. Se sentía
incapaz de conquistar a una mujer. Un hombre así estaba condenado
a ser una víctima cándida del amor, y lo fué.
Se enamoraba locamente, sin cesar, y soñaba romances que
al punto lo defraudaban, con la consiguiente amargura y sufrimiento.
En estas alternativas de amor y de orgullosa rebeldía es
donde hay que buscar el más fecundo manantial de la inspiración
de Beethoven, hasta aquellos años en que el ardor de su naturaleza
se encalma en una melancólica resignación.
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Políticamente,
sus simpatías le llevaban hacia las nacientes ideas revolucionarias.
Quería que todos contribuyeran al gobierno del Estado. Deseaba para
los países europeos el sufragio universal y esperaba que Bonaparte
lo estableciese, echando así las bases para la felicidad del género
humano. Napoleon le defrauda al coronarse Emperador, y su exhaltación
herioca, presente en las obras de esos años se transforma en una
nueva oleada de melancolía y decepción. En
1810, plenamente maduro, se abandona a su carácter iracundo e indómito,
sin importarle ya nadie ni hacer caso de convencionalismos ni de los juicios
de los demás.
El año 1814 señala el apogeo de la fama
y la fortuna de Beethoven. En el Congreso de Viena se le considera como
una de las glorias europeas, y su obra refleja el esplendor y la euforia
de la época. Tras esos momentos de gloria devienen los días
más negros y más miserables. Estaba ya completamente sordo.
Desde
el otoño de 1815 no se comunica más que por escrito. No
tenía otro consuelo que el de la naturaleza, lo que le daba alguna
tregua a la inquietud de su espíritu. Constantemente preocupado
por la falta de dinero, sordo y alejado de los demás, se consumía
entre los aprietos caseros y los interminables pleitos para el cobro de
las pensiones y honorarios, y el largo pleito por la tutela de su sobrino
Karl, hijo de su hermano menor, que la tisis mató en 1815. Soñó
mil cosas para él, pero Karl era ruin y mal agradecido. En el verano
de 1826 llegó a dispararse un tiro. No murió, pero Beethoven
estuvo a punto de sucumbir, presa de un colapso producido por el hecho.
Desde este profundo abismo de tristeza, Ludwig va a exaltar a la Alegría.
Era la única ilusión de su vida. Dudó, y pensó,
sin decidirse, durante varios años; y tantas veces como retomaba
el proyecto, lo abandonaba, arrastrado sin cesar por el torbellino de
sus pasiones y de sus melancolías.
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El 7 de mayo de 1824, se dió en Viena
la primera audición de la Missa en Re y la Novena Sinfonía.
Fué un éxito triunfal que llegó a tomar un
cierto carácter revolucionario. Cuando apareció
Beethoven, fué acogido con cinco salvas de aplausos, cuando,
entonces, solo se daban tres para la entrada de la Familia Imperial,
mas el triunfo fué pasajero, y el resultado práctico
nulo. Volvió a encontrarse pobre, enfermo y abandonado, aún
sintiendose vencedor de la mediocridad humana, de su propio destino,
de su martirio.
A fines de noviembre de 1826, fué presa
de una pleuresía. Acudió tarde el médico, y
trató con desacierto al enfermo, postrandolo definitivamente.
Sobre el lecho en el que agonizaba, después de tres operaciones,
y esperando la cuarta, escribe serenamente: "Tengo paciencia
y pienso que no hay mal que no nos reporte algún bien...
es quizás el fin de una comedia... la comedia de mi vida".
Murió durante una tormenta de nieve, en un relámpago.
El 26 de marzo de 1827, a las seis menos cuarto
de la tarde, Beethoven citó a César Augusto: "Plaudite,
amici, comoedia finita est" (Aplaudid, amigos, la comedia
ha terminado). Fue su forma de decir adiós. Y la muerte nunca
hace oídos sordos a ninguna despedida. Unas 20.000 personas
acompañaron sus restos hasta Zentralfriedhof de Viena.
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La
tumba de un inmortal
1770 - 1827
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"El
único símbolo de superioridad que conozco es la bondad"
Ludwig van Beethoven
Fondo
musical: Segundo movimiento de la Sonata para piano núm. 8 (op.
13), "Patética"
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Sara Neiret 2004
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