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Fue
en una oscura buhardilla de techos muy bajos, en un semioculto edificio
de la calle Bonngasse, en la ciudad alemana de Bonn, donde, supuestamente
un 16 de diciembre de 1770, nació Ludwig van Beethoven.
De todos modos, la música no era algo ajeno a ese hogar. Así
lo atestiguaban un piano de sonidos dudosos en el rincón sin
goteras. Johann van Beethoven, el padre de Ludwig, oficiaba de tenor
al servicio del ilustrado elector Maximilian Friedrich, hombre de
confianza del aún más ilustrado emperador José
II. Incluso, como uno de los pocos mitos familiares, aun sonaban los
ecos de un tiempo mejor, en el que refulgía el recuerdo del
abuelo Ludwig -al nieto así lo habían bautizado en su
honor-, ya que había llegado a ser nada menos que director
de orquesta en la corte del elector de Flandes.
La madre de Ludwig, María Magdalena Keverich,
viuda de un lacayo de la corte antes de casarse con Johann, no sólo
debió hacerse cargo de sus hijos y del marido, habitualmente
demorado en la barra de todas las tabernas, sino también de
su propia madre, mujer marcada por el alcohol y los desequilibrios
psíquicos. Sólo una voluntad de hierro, de la que
Ludwig se proclamó heredero, hizo que esa mujer no se doblegara
ante el destino. Y como el destino de los pobres es trabajar, a los
cuatro años, Ludwig fue obligado por su padre a sentarse al
piano. Al fin y al cabo, antes que saber a gloria, al música
era un oficio que, con buena suerte y viento a favor, podía
saber a pan. A los cuatro años lo hacía estar horas
y horas en el clave, o lo encerraba en la bohardilla con un violín.
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